lunes, 8 de febrero de 2010

Los derechos del practicante de actividad física

Daniel Pennac, profesor, ensayista y novelista, dedica su libro “Como una novela” (1989, Barcelona: Empurias) a la animación lectora, que vendría a ser a la asignatura de Lengua y Literatura lo que la promoción de la actividad física relacionada con la salud a la Educación Física. Se trata de un ensayo escrito como una novela (de ahí su nombre) en el que este autor se plantea cómo es posible que algo que es tan bueno –leer- sea practicado por tan poca gente, y en qué falla la educación cuando se lee tan poco. Para explicarlo narra, por ejemplo, el drama que supone identificar lectura con soledad, o la insatisfacción que se produce en los niños y niñas cuando el profesorado se obceca en obligarles a explicar lo que han leído y no lo que han imaginado leyendo. Finalmente, el libro acaba por convertirse en un enemigo, y la lectura, en un sacrificio
Como una forma de revertir esa situación, Pennac acaba su libro proponiendo diez derechos ineludibles del lector a modo de principios para la animación lectora:

1) El derecho a no leer
2) El derecho a saltar páginas
3) El derecho a leer en cualquier sitio
4) El derecho a no acabar el libro
5) El derecho a releer
6) El derecho a leer cualquier cosa
7) El derecho al bovarysme*
8) El derecho a hojear
9) El derecho a leer en voz alta
10 El derecho a callar

A pesar de sus obvias diferencias, quizá la promoción del ejercicio físico guarde paralelismos con iniciación a la lectura -y en general todos los aprendizajes que tienen un componente vivencial-. Así que, a la luz de estos diez derechos del lector, os propongo que escribáis diez derechos de la persona que practica actividad física relacionada con la salud.


*En referencia a Madame Bovary. Con este derecho Pennac alude a la “satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones (…) De ahí la necesidad de acordarnos de nuestras primeras satisfacciones como lectores y de levantar un pequeño altar a nuestras antiguas lecturas. Incluidas las más estúpidas. Tienen un papel inapreciable: emocionarnos con aquello que fuimos, burlarnos de lo que nos emocionaba. Los niños y niñas que comparten nuestra vida segura que ganan en respeto y ternura” (Pennac, 1989: 157-158).

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